Voy a escribir algo sobre ese árbol que hay en el fondo de mi casa. Creo que está embrujado. Cuando yo tenía algo así como…unos pocos años, llegamos a esta casa. Todavía me acuerdo que uno de nosotros dijo: “¡vengan, miren lo que encontré en el fondo!”. Y después de haber corrido unos cuantos metros (o kilómetros, para nosotros), lo vimos. Ahí estaba…por más que lo examiné con la vista, no había caso…no tenía fin. Eran demasiadas ramas que iban a no se dónde. Había demasiadas opciones para treparse. Era mucho más que cualquier árbol que había visto. Y así, en los años siguientes, lo único que hacíamos era (salvo excepciones): a la escuela, al laurel, mamá llamaba a almorzar, al laurel, mamá llamaba a tomar la leche, al laurel, mamá llamaba a cenar… y ya… no era muy divertido volver (el fondo se volvía un poco…tétrico). En fin, si tengo que explicar qué hacíamos TODO ese tiempo ahí, no se…ni la menor idea, más que cada uno ocupar su lugar (que tenía asignado con anterioridad, y no habían variaciones, salvo excepciones especiales), hablar de lo todo lo que se nos ocurriera y (los más grandes) animarse a subir un poco más cada día o tirarse colgando de alguna rama extraña. Estábamos atrapados, “hechizados” por el perfume de sus flores (dicen que son ricas) y de sus hojas (horribles… lo digo yo, que las probé). Pero mientras tanto, por las noches, se sabía que el árbol no era muy seguro. Habían historias (un poco patéticas) sobre seres que andaban por allá, custodiando las aguas podridas o las hojas, llenas de arañas con caras en el vientre… nunca se comprobó, pero, en fin. Eso decían algunos. A veces, se organizaban excursiones nocturnas alrededor del agua para ver más de cerca… mejor no hablemos de ellas. En fin, de un día para otro, el laurel decidió encogerse. Se achicó. Esas ramas que ofrecían tan variadas comodidades, no quisieron más ser grandes. No podía ser. Me lo dijeron, primero. Después lo vi, y no lo entendí. Por qué. Cómo. Me dije, “lo cambiaron por otro”. Pero reconocí en el centro a esos troncos donde, unos días antes, apoyaba el pie para ir a “mi lugar” del árbol. No tengo explicación razonable. Porque, cuando lo enfrento, le gano totalmente. Está casi vacío y no es mucho más alto que yo (bueno, tiene la altura de un arbolito cualquiera). Qué pasó, no se. Yo no creo que lo hayan cortado simplemente. Adónde fue a parar toda esa monstruosidad. A mi, no me engaña.